lunes, 14 de diciembre de 2015

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En 2012, el director alemán Christian Petzold realizó Bárbara, obra que habla sobre las terribles consecuencias que dejó tras de sí la Segunda Guerra Mundial, no simplemente en el panorama político mundial sino las secuelas físicas y psicológicas que marcaron a todos aquellos que sufrieron sus horrores en primera persona. Mientras que Bárbara se sitúa en la década de los años 70, permitiendo de esta forma poner distancia con el acontecimiento y pudiendo verlo con cierta perspectiva, en su última obra realizada hasta la fecha, Phoenix, transcurre en los 40, inmediatamente después de haber finalizado el conflicto, con lo que las heridas están recientes y la destrucción asola las calles de las ciudades como el rostro de su protagonista.
Nelly Lenz es una cantante que es enviada a un campo de concentración nazi. Al terminar la guerra, regresa con el rostro completamente desfigurado por culpa de un impacto de bala y acude a un cirujano plástico para que se lo reconstruya. Al reencontrarse con su marido Johnny, un pianista que traicionó a Nelly y la envió al campo de concentración para poder librarse de las torturas, él no la reconoce. Sin embargo, sí que es capaz de encontrar en ella un gran parecido con su esposa a la que da por fallecida, y le propone un acuerdo: él la preparará para que se haga pasar por Nelly y así poder cobrar la herencia de esta.

En Phoenix, Petzold aborda la pérdida de la identidad a través de la desfiguración del rostro, como ya hicieron otros muchos cineastas antes que él: Georges Franju en Les yeux sans visage, Hiroshi Teshigahara en The Face of Another, o el propio Pedro Almodóvar en La piel que habito. Los horrores de la guerra han destrozado por completo a Nelly, su rostro desfigurado no es más que la superficie, pues ya no parece quedar nada de lo que fue antes de su reclusión. Ella busca reconocerse a sí misma a través de los demás, necesita que sus conocidos le confirmen que sigue siendo ella, y cuando Johnny no lo hace se presta a que él mismo la reconstruya desde cero y la vuelva a convertir en quien era.
Phoenix guarda mucha relación con Vértigo de Alfred Hitchcock: tanto Scottie como Johnny recrean a su mujer soñada sin saber que no se encuentran ante una copia, sino frente a Madeleine y a Nelly; y el espectador conoce la verdad aunque ellas no sean capaces de confesarlo, en un caso porque no puede desvelar su terrible pasado, y en el otro porque ni ella misma es capaz de reconocerse en lo que se ha convertido. En este aspecto Phoenix se presenta como si se tratase de un Vértigo desapasionado, invirtiendo por completo la visión que el filósofo español Eugenio Trías construía en su ensayo Vértigo y pasión. Es más, la escena de la transformación final de Nelly hace clara alusión a la de Madeleine; la cámara la contempla con la misma expectación, pero la luz verdosa y fantasmal es cambiada por luz natural que se filtra a través de la ventana, y la reacción de puro deseo de Scottie no es más que un gesto de aprobación en Johnny.
Pese a los pilares tan inverosímiles sobre los que se sustenta la trama, Petzold aboga por una puesta en escena realista, y logra sostenerla gracias a su excelente pulso tras la cámara y a unos buenos actores, aunque en ocasiones el film flaquea y no es capaz de mantener la intensidad dramática que la historia requeriría.

Cameo edita exclusivamente en formato DVD la interesantísima última película de este director alemán, sin ningún contenido extra pero con una buena calidad de imagen y sonido.  

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