viernes, 19 de diciembre de 2014

postheadericon La trilogía de Hitoshi Matsumoto


Muchos son los directores del panorama internacional a los que tenemos difícil acceso en nuestro país y que pasan desapercibidos tanto para el gran público como para muchos cinéfilos expertos en rebuscar en el cine más desconocido y apartado de los circuitos comerciales. En tierras asiáticas encontramos muchos ejemplos de grandes artistas con poco movimiento de su cine fuera de sus fronteras, y entre ellos se encuentra el interesante Hitoshi Matsumoto, que ya posee en su carrera cinematográfica cuatro largometrajes.

El cine del japonés se caracteriza por una profunda puesta en práctica de lo absurdo y lo ridículo a través de la comedia. Su particular sentido del humor resulta muy acertado en algunas de sus obras, mientras que en otras ocasiones llega a ser cargante. Matsumoto, que no se contenta con escribir y dirigir sus cintas sino que debe interpretar también el papel principal, crea un personaje característico que cruza transversalmente toda su filmografía: un verdadero perdedor, un infantil y patético personajillo que se ve sobrepasado por las situaciones a las que debe enfrentarse y que no llega realmente nunca a lograr su objetivo, principalmente por culpa de su propia estupidez.


En Big Man Japan, su ópera prima, realiza un falso documental respetando muy poco las constantes del género que trata de imitar. En ella un gigantesco superhéroe es ridiculizado por un Japón acostumbrado a las criaturas colosales que arremeten contra Tokio. Matsumoto toma las películas clásicas de monstruos de su país para construir su propia parodia, que tiene diversos altibajos para terminar estrellándose por completo con un final tan excesivamente ridículo que se torna en pura estupidez. Algo muy similar le ocurre a su Scabbard Samurai, otra parodia de un subgénero japonés tan clásico como el de samuráis. Ambas cintas llegan a resultar terriblemente repetitivas, y no parecen tener muy clara su razón de ser ni su meta, y pese a lograr algunos buenos aciertos, éstos se acaban diluyendo en un humor excesivamente tedioso y pesado.

Por el contrario, en su mejor obra hasta la fecha, Symbol, sí logra hacer que sus estrambóticas ideas den frutos. En ella presenta a su personaje aún más infantil y patético que nunca, comportándose como un niño caprichoso cuyo fundamento cómico radica en un humor físico que puede recordar, en cierto modo, a Jacques Tati o a Denis Lavant. Symbol se plantea como una parodia del 2001 de Kubrick, en la que Matsumoto habla sobre la infinita estupidez humana, y expone que la extrema evolución del hombre de la odisea espacial de Arthur C. Clarke es físicamente imposible, ya que el ser humano aún no es más que un niño tonto. El protagonista permanece casi toda la cinta encerrado en una habitación blanca cuyas paredes están cubiertas de penes de niños pequeños, representando la libido instintiva de la que hablaba Freud. El personaje aún está obsesionado con sus instintos más primitivos, y es incapaz de lograr nada más allá de apretar un botón y lograr ciertos objetos. El camino de la evolución está simbolizado por el espacio vacío que deja la puerta al abrirse, justo a la inversa del monolito negro de 2001. Cuando el personaje consigue escapar pasa a su siguiente y más oscuro estado, en el que puede tener control sobre el azar que gobierna todo el mundo, y cuando parece que cierto conocimiento ha calado definitivamente en él al ascender hasta lo más alto, vuelve a demostrar que sus instintos infantiles y primarios no le han abandonado ni por un instante.


Mediatrés edita un cuidado digipack con las tres primeras películas de Matsumoto en DVD y acompañadas de un libreto de Ángel Salas, una excelente oportunidad para acercarse a este particular cineasta japonés. 

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