martes, 31 de julio de 2012

postheadericon Crítica cinematográfica: Porco Rosso



En la filmografía de Hayao Miyazaki podemos encontrar tres tipos de historias dependiendo del mundo en el que se desarrolla. Una primera es aquella en la que se nos sitúa en un escenario completamente fantástico en el que todo vale y la imaginación del director puede echar a volar, como es el caso de La princesa Mononoke o Nausicaä del valle del viento. El segundo sería un mundo realista y conocido por todos en el que se inserta un detalle fantástico que puede llegar incluso a pasar casi desapercibido para los personajes de la historia, es el caso de Mi vecino Totoro o de Nicky la aprendiz de bruja. El tercero sería un híbrido entre los dos anteriores, o bien puede introducirse un universo fantástico dentro de una realidad conocida (El viaje de Chihiro) o bien mezclar en este escenario tanto realidad como ficción hasta el punto en el que es difícil distinguir una de otra (El castillo en el cielo). Porco Rosso pertenece claramente al segundo grupo, pero no deja de tener sus peculiaridades.

Porco Rosso es un cazarrecompensas que pilota un hidroavión en el Adriático. Sobre el pesa una terrible maldición que lo ha convertido en un cerdo, pero eso no le impide seguir con su empresa. Un día, su querido hidroavión es dañada gravemente por un americano que busca fama y mujeres. Porco deberá viajar hasta Milan para reparar el vehículo y así poder enfrentarse de nuevo a sus enemigos.


Pese a pertenecer a ese segundo grupo anteriormente mencionado, Porco Rosso tiene características en su desarrollo argumental que en muchas ocasiones apuntan hacia películas de los otros dos grupos. Las películas emplazadas en un mundo real con un toque fantástico siempre cuentan el día a día, la rutina de los personajes, pero en Porco nos da la impresión de contarnos una historia claramente cerrada, aun con el final claramente abierto. Pero lo que más sorprende y desconcierta es que Porco, o más bien Marco, es el único personaje protagonista de una película de Miyazaki que es adulto, rondando los treinta y tantos años. Siempre habían sido jóvenes o niños los protagonistas de sus historias, pero Porco tiene una máscara, al convertirse en cerdo su edad no está del todo clara, y entra en este mundo fantástico e infantil. No obstante es un tipo duro, fuma y tiene frases que el propio Humphrey Bogart podría haber dicho, se aleja algo de lo que nos tiene acostumbrados el director.


Las últimas películas de Miyazaki, tal vez Ponyo en el acantilado sea una excepción, se han alejado mucho del cartoonismo, del histrionismo y de la exageración de los rasgos y de las acciones de los personajes. Pero Porco conserva esta característica de una forma casi constante: las risotadas de Porco, las actuaciones de los alocados piratas aéreos, la prueba del motor en el hangar. De hecho hace un excelente guiño a esto mismo cuando Porco entra a ver una película de animación muda que bien podría ser descendiente director de Felix el gato, y ese homenaje al cartoon queda claramente implícito.

Una hermosa película, emotiva y divertida, con una excelente banda sonora de Hisaishi. Para ver y disfrutar.

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